Si uno analiza San Luis Potosí desde un punto de vista puramente lógico, la ciudad no debería funcionar. Hay calles que terminan en muros, sistemas de transporte que desafían la física y una burocracia que parece diseñada por un autor de teatro de lo absurdo. Sin embargo, contra todo pronóstico, la ciudad avanza.
Hemos desarrollado una lógica basada en la práctica y no en la coherencia. Si un sistema no es ideal pero permite que la gente llegue a su destino, lo adoptamos con un entusiasmo que asombraría a los ingenieros alemanes. En San Luis, la solución no tiene que ser perfecta, tiene que ser operativa.
Esta capacidad de hacer que lo incoherente funcione es lo que nos mantiene a flote. Resolvemos sobre la marcha, ajustamos con alambres y buena voluntad, y seguimos adelante con una sonrisa de quien sabe que la realidad es opcional. No todo está resuelto, y probablemente nunca lo estará, pero en esa imperfección hemos encontrado una forma de vida que nos permite ignorar las fallas del sistema mientras disfrutamos de la agradable sensación de que, al final del día, todo ha salido más o menos como esperábamos.


