La historiografía de San Luis Potosí le debe su solidez documental a la terquedad metódica de investigadores como don Nereo Rodríguez Barragán.
En una provincia que a menudo prefiere la comodidad de la leyenda oral o el olvido conveniente de sus archivos institucionales, la labor de Rodríguez Barragán consistió en tratar al pasado con el rigor frío del paleógrafo y la paciencia del detective que busca la verdad entre legajos coloniales devorados por la humedad y el descuido burocrático.
Don Nereo entendió que los verdaderos cimientos de San Luis no estaban en las estatuas de bronce de las plazas, sino en los protocolos de los antiguos escribanos, en las disputas por las mercedes de agua de los barrios indígenas y en los inventarios testamentarios de las haciendas del Altiplano. Dedicó gran parte de su vida a clasificar, transcribir y rescatar del abandono miles de documentos que corrían el riesgo de terminar convertidos en basura de oficina.
Gracias a su trabajo, la historia potosina dejó de ser un discurso de efemérides políticas para transformarse en una crónica real de las tensiones económicas y las costumbres cotidianas de la urbe, recordándonos que la memoria de una ciudad solo es digna si se sostiene sobre el testimonio irrefutable de la tinta original.


