Hubo un tiempo en que San Luis Potosí terminaba exactamente donde se dejaba de oír la campana mayor de la Catedral. Ese no era un límite geográfico, sino una frontera emocional. Más allá de ese punto, uno ya no estaba en la ‘ciudad’, estaba en ‘el campo’, un lugar peligroso lleno de chichimecas imaginarios y falta de modales.
Esos límites invisibles definían quién era potosino y quién era simplemente un vecino del valle. El barrio de Tequisquiapan, por ejemplo, fue durante mucho tiempo un lugar de recreo, casi un destino de vacaciones, porque estaba ‘lejos’ del centro. Hoy nos toma cinco minutos llegar, pero para el potosino antiguo, cruzar esa frontera era toda una expedición que requería planeación y, preferiblemente, un carruaje bien aceitado.
La ciudad se sentía segura solo dentro de su trazo de damero. Fuera de ahí, la realidad se volvía difusa. Esta percepción generó una mentalidad de ‘fortaleza’ que aún persiste en algunos sectores. Nos gusta saber exactamente dónde termina lo nuestro y empieza lo ajeno. Aunque la mancha urbana se haya tragado cerros y llanuras, el habitante del centro sigue sintiendo que el verdadero San Luis tiene límites muy precisos, y que cualquier cosa construida después de 1950 es, en el mejor de los casos, un anexo innecesario de una casa que ya era perfecta.


