En el siglo XIX, los fusilamientos en San Luis no eran solo ejecuciones; eran editoriales políticos escritos con pólvora.
Cuando el gobierno decidía pasar por las armas a un opositor, lo hacía con la intención de que el mensaje llegara a todos los rincones del estado. El sonido de la descarga era el punto final a cualquier discusión sobre la legitimidad del mando en turno. No se trataba de una justicia ciega, sino de una justicia que quería ser vista por la mayor cantidad de gente posible para evitar malentendidos futuros.
El fusilamiento servía para establecer quién tenía el control de la situación. Era un lenguaje directo que no requería de grandes explicaciones en los periódicos. Se fusilaba al general derrotado o al ideólogo incómodo, siempre con la misma ceremonia que buscaba dar una apariencia de legalidad a lo que a menudo era solo una purga necesaria para mantener la paz de la cantera rosa.


