Hay una terquedad muy potosina en los barrios de San Miguelito o Tlaxcala: se niegan terminantemente a ser parte de la ciudad. Aunque el mapa diga lo contrario y las avenidas los rodeen, estos lugares conservan el aire de pueblos que fueron absorbidos contra su voluntad por un crecimiento urbano que no les consultó.
Antes, estos barrios tenían sus propias leyes, sus propios ritmos y, sobre todo, sus propias enemistades. El crecimiento de San Luis los alcanzó, los rodeó y trató de uniformarlos, pero fracasó estrepitosamente. Uno puede cruzar una calle y notar, por el simple cambio en el ancho de la acera o el tono del saludo del vecino, que ha entrado en un territorio con memoria propia.
No es que vivan en el pasado; es que han decidido que el presente de la capital es demasiado ruidoso para tomárselo en serio. Las fiestas patronales, la forma en que se ocupa la plaza y la red de chismes que vuela de ventana a ventana son vestigios de una organización que la planeación moderna no ha podido disolver. San Luis parece una unidad sólida de cantera, pero en realidad es un conjunto de fragmentos que conviven sin integrarse del todo. Es una ciudad hecha de pueblos que se miran de reojo, esperando a ver quién de todos conserva su identidad por más tiempo mientras el resto se convierte en un centro comercial.


