Antes de que el periodismo moderno llegara con sus mentiras impresas y sus fotografías movidas, los potosinos se enteraban de la realidad a través del grito y el rumor. El pregonero era el periodista más respetado, no por su veracidad, sino por el volumen de sus pulmones y la autoridad de su campana.
Sus anuncios en las plazas eran la única fuente oficial de catástrofes, cambios de ley y ejecuciones, aunque la gente solía escucharlo con el mismo escepticismo con el que hoy leemos el pronóstico del tiempo.
Pero la verdadera noticia, la que realmente importaba, viajaba por canales más sutiles. En el mercado, entre el regateo del tomate y la canela, se filtraban los datos sobre la salud del obispo o el próximo escándalo de la hija del boticario.
Era un periodismo oral, participativo y altamente inexacto, donde cada mensajero le añadía un adjetivo de su propia cosecha a la historia original. La ciudad vivía en un estado de alerta constante, alimentada por noticias que siempre llegaban tarde pero con una carga de drama que ningún diario actual ha podido superar. La verdad era secundaria; lo importante era tener algo que contar en la cena.


