La historia de la iluminación en San Luis es la historia de nuestra pérdida de privacidad. Al principio, la oscuridad era el estado natural de la ciudad; de noche, solo los gatos y los pecadores se atrevían a salir, y cada quien cargaba su propia linterna si no quería terminar en el fondo de una zanja. La oscuridad era una manta que protegía las discretas reuniones y los amores prohibidos.
Luego llegó el queroseno, luego el gas y finalmente la electricidad, y con cada nuevo foco, la ciudad se fue volviendo más vigilante. La luz de la calle no se puso para que viéramos los monumentos, sino para que la autoridad pudiera ver quién caminaba por dónde. Pasamos de una penumbra romántica a una claridad que no deja nada a la imaginación.
Hoy, la iluminación urbana es una forma de vigilancia discreta. Los monumentos bañados en luces LED nos hacen sentir orgullosos, pero también nos recuerdan que en el San Luis moderno ya no hay rincones para el misterio. El resplandor naranja de las luminarias de vapor de sodio es el guardián de un orden que prefiere la visibilidad total sobre el encanto de lo oculto. Hemos ganado seguridad, es cierto, pero hemos perdido esa sensación de que, al caer la noche, la ciudad volvía a ser dueña de sus propios secretos.


