La distribución del agua en el San Luis Potosí de antaño estaba lejos de ser el trámite silencioso y subterráneo que hoy damos por sentado. A lo largo del siglo XIX, la ciudad dependía de una intrincada red de acequias a cielo abierto, zanjas y canales que cruzaban las calles céntricas y los barrios tradicionales, llevando el líquido desde los manantiales de los Filtros hasta el corazón de las actividades domésticas y productivas. El agua era un vecino ruidoso y visible que dictaba el humor de la mañana.
Este sistema circulatorio requería una constante negociación civil y un mantenimiento riguroso que ponía a prueba la paciencia del ayuntamiento. Las acequias abastecían los aljibes de las casonas, movían los molinos de grano y daban vida a las huertas alfalfa de Santiago; pero al mismo tiempo, eran el destino natural de la basura de los talleres y el lodo de las tormentas.
El bando de policía perseguía con celo a quienes lavaban ropa o arrojaban desechos en la corriente, conscientes de que la higiene de una cuadra dependía de la honestidad de la manzana de arriba. San Luis aprendió a convivir con el agua a ras de suelo, un equilibrio precario que forjó un carácter local habituado a la vigilancia mutua y a entender que el beneficio de la naturaleza es un bien común que se defiende limpiando la zanja propia.


