La vida en los espacios compartidos de San Luis —vecindades, talleres y mercados— era una sinfonía de ruidos que requería de un oído muy entrenado y una paciencia de santo. El ruido no era una molestia ambiental, era el indicador de que la vida seguía su curso.
El golpe del martillo del zapatero, el grito del vendedor de pan y el llanto de los niños se mezclaban en un ambiente donde el silencio era señal de enfermedad o de luto. Para sobrevivir a esta cacofonía, los potosinos desarrollaron acuerdos implícitos sobre lo que era tolerable y lo que merecía una queja ante el prefecto.
Estos acuerdos cotidianos eran la base de la estabilidad urbana. Se negociaba el espacio para colgar la ropa, el turno para usar la fuente pública y hasta la intensidad de las discusiones conyugales. Los conflictos no se resolvían en los juzgados, sino en la banqueta, mediante la diplomacia del «usted perdone» o la amenaza de la enemistad eterna.
La vida compartida nos obligó a ser psicólogos involuntarios: sabíamos cuándo el vecino estaba de malas solo por la forma en que cerraba el zaguán. En San Luis, la paz social siempre ha sido un rompecabezas de pequeñas voluntades que deciden, cada mañana, que es mejor llevarse bien que tener que buscarse otra vecindad.


