Antes de la expulsión de la Compañía de Jesús, los terrenos que hoy rodean el Edificio Central de la Universidad eran la huerta privada de la orden. No era un simple jardín; era un espacio de experimentación botánica y de retiro espiritual. Ahí, entre árboles frutales y canales de agua, los jesuitas formaron a las mentes más brillantes de la Nueva España. La huerta era el pulmón intelectual de San Luis, un lugar donde el saber se cultivaba con la misma paciencia que las hortalizas. Su pérdida tras la expulsión fue un golpe seco a la vida cultural de la ciudad.
Y posteriormente, vino su fragmentación. Lo que fue un oasis de paz terminó convertido en calles, casas y oficinas. Hoy, solo quedan algunos rastros de esa vocación educativa en el Edificio Central de la UASLP. Recordar la huerta de los jesuitas es añorar un tiempo en el que la ciudad tenía espacios dedicados exclusivamente al pensamiento y al contacto con la naturaleza. Es la metáfora de nuestro crecimiento: hemos ganado asfalto y edificios modernos, pero hemos perdido esos rincones de silencio que permitían que las ideas maduraran con el ritmo de las estaciones. Sin embargo, el espíritu de la huerta persiste en cada estudiante que camina por esas calles, buscando su propia luz en medio del desierto.


