En San Luis Potosí, la cantera no es un material, es un dogma de fe. Durante siglos, construir algo importante sin usar piedra rosa se consideraba casi una falta de educación o, peor aún, una señal de pobreza. Los edificios públicos, las iglesias y las casas de la gente ‘de bien’ se levantaron bajo la consigna de la solidez eterna. El mensaje era sencillo: lo que está hecho de piedra, no se mueve.
Esta obsesión estética creó una ciudad que parece estar siempre de gala, pero con una rigidez que a veces asusta. La cantera rosa da una ilusión de permanencia y de importancia que los potosinos hemos aprendido a usar como escudo. No importa si adentro de la oficina el sistema no funciona o si la burocracia es un laberinto; si la fachada tiene pilastras de piedra, la dignidad del estado queda a salvo.
Lo curioso es que la piedra, que debería ser símbolo de estabilidad, ha visto pasar revoluciones, inundaciones y cambios de gobierno sin inmutarse. Hemos construido nuestra identidad sobre un material que pesa, que se ensucia con el tiempo y que requiere un mantenimiento constante que casi nunca le damos. San Luis es una ciudad que decidió ser duradera antes que funcional, y ahora nos toca vivir en un museo de piedra que nos recuerda, a cada paso, que aquí lo que cuenta no es lo que uno hace, sino lo que uno deja construido para la posteridad.


