Imagine el lector el primer día de enero de 1811 en San Luis Potosí.
No hubo uvas, ni abrazos, ni propósitos de año nuevo que no fueran sobrevivir.
La ciudad estaba en esa incómoda pausa entre haber gritado ¡Viva la Virgen de Guadalupe! y esperar a que el temible Félix María Calleja llegara a preguntar quién había sido el gracioso que alborotó a la plebe.
Los potosinos de bien, que meses antes vitoreaban a los insurgentes, empezaron el año escondiendo las banderas tricolores y practicando su cara de ‘yo no fui’, demostrando que la flexibilidad política es una tradición nacional más antigua que el recalentado.


