En febrero de 1970, San Luis por fin se acordó de que la Huasteca no era otro país y abrió la brecha definitiva a Ciudad Valles.
El impacto fue inmediato: el precio de los cítricos bajó y la conexión entre el desierto y la selva dejó de ser una odisea de días para ser un viaje de horas.
Fue el inicio de la era turística de la región y la confirmación de que el asfalto es, a veces, el mejor puente para unir identidades tan distintas como las nuestras.


