En la construcción del San Luis antiguo, la seguridad industrial era un concepto que se resolvía con un persignada antes de subir al andamio. No había cascos, ni arneses, ni líneas de vida; había cuerdas de ixtle, tablones sospechosos y una confianza ciega en el equilibrio.
Los accidentes laborales eran la norma aceptada de un progreso que se alimentaba de la urgencia de terminar la obra. Caerse de una cúpula o quedar atrapado bajo un derrumbe era un riesgo que se corría con la misma naturalidad con la que se aceptaba el salario.
Esta falta de infraestructura para la seguridad nos habla de una época donde la vida del trabajador valía menos que el tiempo de entrega de la construcción. Las crónicas de la época registran caídas trágicas y lesiones permanentes que la caridad religiosa intentaba remediar cuando la ciencia médica ya no podía.
El riesgo cotidiano forjó una cultura de la valentía temeraria en la construcción potosina. El albañil aprendió a moverse entre las alturas con una agilidad de gato, sabiendo que su única red de protección era su propia pericia y, por supuesto, la Santa Cruz que vigilaba desde lo alto, recordándonos que la ciudad que hoy pisamos con seguridad se construyó sobre un abismo que muchos no lograron sortear.


