Viajar con mercancías por las rutas del San Luis decimonónico era una inversión financiera que incluía en su costo una alta dosis de peligro y una paciencia a prueba de huelgas de mulas.
Los archivos judiciales de la provincia están repletos de denuncias de comerciantes que vieron perder sus inventarios de telas, herramientas o tabaco a manos de las bandas de forajidos que aprovechaban la soledad de los parajes del Altiplano para asaltar las conductas que bajaban de las minas.
El riesgo obligaba a los arrieros a viajar armados y a pagar «peajes de pasillo» a las autoridades locales o a los propios caciques rurales para garantizar el tránsito seguro por sus tierras. A la amenaza humana se sumaba la tiranía del clima: una granizada repentina arruinaba los costales de azúcar y un camino lavado por la tormenta detenía la recua durante tres días en medio de la nada.
Los comerciantes del centro histórico pasaban las semanas vigilando el horizonte desde las azoteas, esperando la llegada de la carga con la ansiedad del que sabe que en esta capital de provincia, recibir la mercancía intacta era un milagro que requería más suerte que contratos comerciales.


