Antes de que el ruido de los motores de combustión y las sirenas del tránsito moderno monopolizaran el ambiente de San Luis Potosí, la ciudad poseía un paisaje acústico nítido y ordenado que permitía a los habitantes orientarse en el tiempo y el espacio por el puro sentido del oído. El ritmo de las jornadas estaba marcado por una coreografía de sonidos característicos que rebotaban en los muros altos de adobe y cantera del centro histórico.
Las campanas de la Catedral tocando a misa de doce, el grito de los vendedores de carbón al mediodía, el tintineo metálico de la maquinita del cobrador del tranvía y el silbato vespertino de las fábricas de las orillas eran las señales horarias espontáneas de la provincia.
Cada sonido tenía una traducción inmediata en la rutina doméstica: las madres sabían cuándo poner el brasero y los burócratas cuándo cerrar los legajos del despacho. San Luis era una ciudad que se escuchaba a sí misma para mantener el orden, una urbe donde el silencio de la tarde solo era interrumpido por esos ruidos familiares que recordaban al peatón que la comunidad seguía marchando con la regularidad previsible de un reloj de arena de barrio.


