Celebrar el Día de la Libertad de Expresión en México invita a revisar ese periodo histórico donde el derecho a decir la verdad no tenía un reconocimiento oficial en el calendario civil ni garantías plenas en los tribunales del Altiplano.
Durante el siglo XIX, la libertad de prensa fue una conquista intermitente que se ganaba a empujones constitucionales y se perdía en cuanto el caudillo de turno asumía el mando del estado y consideraba que la crítica era sinónimo de traición a la patria.
Los periodistas potosinos ejercían su oficio bajo el régimen de la sospecha permanente. No hacían falta leyes sofisticadas para silenciar una pluma incómoda; bastaba con que el jefe político mandara romper las prensas del taller o impusiera multas impagables por el delito de «sedición impresa».
Ejercer el periodismo era un acto de temeridad civil que requería vocación de mártir. La libertad de expresión no nació de un decreto generoso de la autoridad, sino de la acumulación de silencios rotos por hombres que prefirieron la celda antes que la lisonja, enseñándonos que el derecho a hablar claro es una herencia escrita con la tinta de la resistencia potosina.


