Mucho antes de que existieran los inspectores de comercio y las cámaras de comercio, San Luis ya era un hervidero de ventas que hoy llamaríamos ‘informales’. El comercio en la calle no era un problema urbano, era el sistema circulatorio de la ciudad. Indígenas de los barrios trayendo hortalizas, aguadores ofreciendo frescura por un centavo y mujeres con canastas de pan que olían a gloria antes de salir el sol.
Este mercado ambulante no pagaba impuestos, pero pagaba con puntualidad y calidad. Había una confianza ciega en el vendedor que pasaba por tu puerta todos los días a la misma hora. No se necesitaba un recibo cuando el trato se cerraba con un ‘Dios se lo pague’ o un apretón de manos. Era un desorden perfectamente organizado por la necesidad y la costumbre.
Lo que hoy intentamos regular con reglamentos municipales era, en aquel entonces, una forma de vida que no pedía permiso para existir. La calle era el escaparate natural y el regateo era el deporte nacional. Intentar meter todo ese movimiento en edificios cerrados fue uno de los grandes choques culturales de la ciudad. Descubrimos que nos gusta el caos de la acera, el grito del pregonero y la posibilidad de comprar un milagro o un kilo de frijol sin tener que entrar a un local con puertas de vidrio.


