Mucho antes de que existieran los comités de partido, la verdadera política potosina se legislaba en las mesas de los cafés del centro, en los rincones de las plazas y en los pequeños negocios de barrio.
La discusión política en San Luis siempre ha sido un deporte local de alta competencia que requería de una taza de café cargado, un cigarro y mucho tiempo libre. En esos espacios públicos improvisados, se desmenuzaban las decisiones del gobernador y se vaticinaban las caídas de los ministros con una audacia asombrosa.
La tertulia era el filtro de la realidad nacional. Un rumor que nacía en la botica de la esquina llegaba al Café de la Parroquia al mediodía convertido en una conspiración militar inminente. Esta cultura de la discusión oral permitía que los ciudadanos se apropiaran de los asuntos públicos que el gobierno intentaba mantener ocultos.
En San Luis, la plaza era el parlamento real: se debatía con argumentos jurídicos, con anécdotas exageradas y con esa ironía potosina que no deja títere con cabeza. Aprendimos que para hacer política en esta ciudad, no hace falta tener un cargo; basta con saber sostener una conversación en la mesa adecuada y tener la astucia necesaria para que tus opiniones pesen más que el ruido de las tazas y el paso de los carruajes.


