En los primeros días de marzo de 1836, la historia de México se estaba escribiendo con sangre y polvo en Texas, y el Batallón Activo de San Luis Potosí era el protagonista involuntario. Mientras Antonio López de Santa Anna se sentía el Napoleón del Oeste, cientos de jóvenes reclutados en los barrios de Tlaxcala y Santiago marchaban hacia El Álamo.
Estos hombres, acostumbrados a la aridez de nuestro Altiplano, fueron enviados a pelear por una tierra que el gobierno central ya había descuidado por décadas. San Luis puso la carne de cañón para una victoria que, semanas después en San Jacinto, se convertiría en la pérdida de medio territorio nacional.
El sacrificio potosino fue inmenso. Los soldados del Batallón de San Luis fueron los primeros en escalar los muros de la misión tejana bajo el fuego enemigo, demostrando un valor que incluso los tejanos reconocieron en sus crónicas. Sin embargo, al regresar a casa —los pocos que pudieron—, se encontraron con que el país seguía en la misma grilla de siempre. Hoy, recordar al Batallón de San Luis es honrar esa lealtad incondicional del potosino hacia una nación que, históricamente, nos ha pedido todo y nos ha devuelto apenas lo necesario. Somos la infantería del orgullo mexicano, siempre listos para la batalla, aunque el general en turno no sepa ni dónde queda la frontera.


