No todas las grandes obras nacen de la inspiración divina ni de aplausos inmediatos. Algunas, como el Himno Nacional Mexicano, surgieron entre cuatro paredes, casi a la fuerza, y con la tinta de un poeta potosino que jamás imaginó que sus versos acompañarían a México por generaciones. En el Día del Compositor, la historia de Francisco González Bocanegra vuelve a cobrar vida.
Originario de San Luis Potosí, González Bocanegra fue un hombre de letras antes que de ceremonias cívicas. Poeta sensible, de carácter discreto y amante de la palabra escrita, no se consideraba a sí mismo un autor de himnos patrióticos. Por eso, cuando en 1853 se lanzó la convocatoria para crear la letra del Himno Nacional, su reacción fue negarse a participar.
La leyenda cuenta que fue su prometida, Guadalupe González del Pino, quien lo encerró en una habitación hasta que escribiera. Horas después, Bocanegra entregó un poema que hablaba de guerra, honor y patria, y que terminaría ganando el concurso. Así, casi sin quererlo, un potosino le dio voz al sentimiento nacional.
El reconocimiento llegó, pero no transformó su vida. González Bocanegra siguió siendo un hombre sencillo, alejado del protagonismo, fiel a su vocación literaria. Murió joven, a los 37 años, sin dimensionar que sus versos serían entonados en escuelas, plazas públicas y momentos decisivos de la historia del país.
En el Día del Compositor, México no solo celebra a quienes crean melodías, sino también a quienes escriben palabras que resisten al tiempo. Y entre ellos, destaca Francisco González Bocanegra, el potosino que, sin buscarlo, compuso con versos la identidad de una nación.





