Históricamente, San Luis ha tenido una relación de amor y desconfianza con el exterior. Mirábamos a la Ciudad de México con envidia por sus teatros, pero con desprecio por su desorden. Mirábamos a París con el deseo de copiar sus modas, pero con el alivio de que aquí las iglesias seguían siendo más bonitas. Éramos una ciudad que quería estar a la moda, pero sin perder el decoro.
Esa mirada hacia afuera moldeó nuestra arquitectura y nuestras costumbres. Trajimos arquitectos europeos para que nos hicieran palacios de cantera que parecieran de allá, pero que olieran a acá. Adoptamos modas francesas que adaptamos al clima seco del Altiplano, creando una mezcla que hoy llamamos ‘estilo potosino’ y que no es más que un cosmopolitismo con miedo al qué dirán.
San Luis se sentía el centro del mundo, pero un centro que prefería observar a ser observado. Recibíamos las noticias de Europa con meses de retraso, pero las discutíamos como si hubieran pasado ayer en la Plaza de Armas. Fue esa tensión entre querer ser universales y querer seguir siendo un pueblo de tradiciones lo que nos dio este carácter actual: gente que viaja por todo el mundo pero que, al regresar, suspira de alivio al ver que el Cerro de San Pedro sigue exactamente en el mismo lugar.


