Cincuenta años de Mercado República: entre moles, misa… y policías apagando música

El histórico Mercado República de San Luis Potosí celebró medio siglo de existencia entre misa, anécdotas y reclamos policiales por el sonido de la fiesta. Lo que debía ser un homenaje a la tradición terminó en un choque entre locatarios y seguridad municipal, revelando viejas tensiones entre el centro de abasto y quienes lo administran.

Un mercado no es solo un lugar donde se compra y vende frijol y chorizo; en San Luis este centro de abasto es una especie de museo viviente donde el mole puede ser más añejo que las quejas por permisos. El Mercado República, puesto en marcha en la década de 1970 como parte de la reorganización comercial de la ciudad, fue testigo el día de hoy de la conmemoración de sus 50 años de existencia con misa, música, comida y… un encontronazo con la autoridad por el volumen del sonido.

Iniciado como un proyecto urbano para agrupar a comerciantes ambulantes que colmaban la explanada junto al Mercado Hidalgo, el República abrió sus puertas entre 1975 y 1976 para convertirse en uno de los principales espacios de intercambio del Centro Histórico, con más de mil locales y hasta estacionamiento subterráneo —todo un avance para su época.

La celebración arrancó con misa de acción de gracias. El ambiente era de antaño: comerciantes, locatarios y clientes entre abrazos, recuerdos y anécdotas —desde el puesto de frutas que sobrevivió a todas las administraciones hasta quien jura que aprendió a cocinar en la fonda del fondo del pasillo—. La emoción era compartida incluso por quien confundía la historia del mercado con las viejas leyendas urbanas del centro; porque en el República hasta los mitos tienen puesto fijo.

Todo marchaba bien —con fresas con crema, nieve, elotes y elote con un mole tan suculento que hacía llorar a más de uno de puro gusto— hasta que, justo al terminar la misa, llegaron los elementos de seguridad municipal con la orden de pedir que la música se apagara y el equipo de sonido se desinstalara. Una petición que, explicada sin humor, sería solo un trámite; contada entre locatarios, sonó como el preludio de una tragedia cómica: “¿Por qué para el festejo sí hay policía en tropel y para un asalto solo tres elementos?”, gritó Doña Mari, comerciante veterana sin miedo a las represalias pero con mucha memoria.

Doña Mari confrontó a los agentes con algo que podría figurar en un manual de ironías contemporáneas: “Esta mañana una persona con capacidades diferentes fue asaltada aquí mismo y solo vinieron tres policías muy tarde, pero para apagar música llegan como si fuera un evento internacional”. Los asistentes rieron nerviosamente, algunos aún con el elote en la mano, otros pensando si lo de “apaguen el sonido” era una nueva forma de control social o simplemente falta de coordinación municipal.

Mientras tanto la gente seguía consumiendo, como quien ignora el temblor leve antes de reírse de la situación. Algunos clientes hicieron memes mentales instantáneos sobre la seguridad pública que se moviliza con más energía para ponerle silencio a una fiesta que para atender un delito real. El mole seguía siendo mejor que el ambiente, pensaban.

La tensión subió cuando las idas y venidas entre locatarios y oficiales parecían un diálogo sacado de una obra de teatro absurda. ¿La solución? El señor Franco y Abigail, líderes del Mercado Hidalgo y amigos de vieja data en el comercio tradicional, aparecieron como los mediadores inesperados, tipo héroes de telenovela que no llegaron en helicóptero, sino con palabra calmada, café y promesa de dialogar. Después de un rato —y quizás un poco más de mole— acordaron que la música se quedaba.

Así, entre reguetón, molito con arroz y las quejas por la falta de apoyo constante del Ayuntamiento, el Mercado República celebró 50 años de historia, resistencia y negociaciones improvisadas. Entre risas, ofertas, recuerdos y algún comentario incrédulo de que “hasta la policía viene a festejar con nosotros… apagando la música”, el mercado demostró por qué es mucho más que un espacio de comercio: es un crisol de anécdotas donde ni las órdenes oficiales pueden silenciar décadas de tradición.


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