El peatón que recorre las aceras comerciales de la Avenida Eje Vial o los alrededores del mercado Hidalgo suele ese sorprenderse ante la inusual elevación de las banquetas de cantera, que en algunos tramos superan el medio metro de altura respecto al nivel del arroyo vehicular.
Esta desproporción arquitectónica no obedecía a un capricho estético de los constructores porfiristas, sino a una geografía hidráulica traicionera que marcaba la vida de la provincia en la temporada de lluvias de julio.
Cuando las tormentas lavaban las partes altas de la sierra de San Miguelito, las calles del centro se transformaban en cuestión de minutos en canales caudalosos que arrastraban lodo, piedras y desechos de los establos periféricos hacia el Río Santiago.
La banqueta alta funcionaba como un dique de contención que mantenía a los comercios y a los portales a salvo de la inundación obligatoria, permitiendo que los transeúntes continuaran su marcha sin mojarse las botas de paño y que los caballeros pudieran descender de los carruajes sin pisar el torrente lodoso que corría por el adoquín, recordándonos que en esta provincia, la altura civil siempre ha necesitado protegerse del humor del cielo.


