En San Luis Potosí sí hay dinero. El problema es para qué se utiliza. Mientras miles de ciudadanos siguen esperando soluciones a problemas tan básicos como calles en mal estado, fugas de agua, inseguridad y servicios públicos deficientes, el gobierno municipal encabezado por Enrique Galindo decidió invertir más de 18.3 millones de pesos en un programa mundialista repleto de adornos, inflables, escenarios y entretenimiento temporal.
Bajo el nombre de «San Luis Capital, Corazón del Fútbol», la administración municipal convirtió un evento deportivo internacional en una plataforma local de promoción política y culto a la imagen gubernamental.
La historia de Plaza de Fundadores retrata perfectamente el nivel de improvisación que caracteriza a este proyecto. Primero se anunció como la sede principal para las transmisiones mundialistas. Después surgieron advertencias sobre los riesgos que implicaba concentrar a miles de personas sobre la plancha de la plaza. Entonces el plan cambió. Ya no era conveniente utilizarla para lo que originalmente había sido presentada. Pero lejos de reconocer errores de planeación, la administración encontró una salida peculiar: llenar el espacio de inflables y decoraciones temáticas. Es decir, la plaza no podía soportar multitudes para ver futbol, pero sí podía convertirse en un gigantesco escaparate de escenografía gubernamental. El resultado fue un Centro Histórico inundado de adornos temporales, estructuras recreativas y montajes que parecen responder más a una estrategia de espectáculo que a una política pública seria.
La pregunta es sencilla: ¿Quién pidió esto?. Porque mientras la administración presume inflables, miles de potosinos siguen esperando obras, mantenimiento urbano y atención a problemas que afectan directamente su calidad de vida.
La élite galindista parece vivir en una realidad paralela. Una realidad donde la prioridad no son los servicios públicos, sino los eventos; no son las necesidades ciudadanas, sino las fotografías; no son las soluciones permanentes, sino los montajes temporales. Cada arco decorativo, cada estructura inflable y cada peso destinado a la escenografía mundialista reflejan una visión de gobierno donde la apariencia importa más que los resultados.
Lo verdaderamente preocupante no son los inflables ni las pantallas. Es la mentalidad que existe detrás de ellos. La idea de que el dinero público puede utilizarse para construir espectáculos mientras los problemas estructurales de la ciudad siguen esperando turno. Porque cuando una administración privilegia la propaganda sobre las prioridades, deja de gobernar para los ciudadanos y comienza a gobernar para su propia imagen.
El Mundial terminará. Las pantallas se apagarán. Los inflables desaparecerán. Las decoraciones serán retiradas. Lo único que permanecerá será la factura. Más de 18 millones de pesos gastados en un capricho político disfrazado de fiesta futbolera. Y como siempre, la cuenta la pagarán los potosinos.


