Vivir en la capital potosina antes de la llegada de la luz eléctrica pública a finales del siglo XIX significaba aceptar el imperio absoluto de la penumbra en cuanto el sol se ocultaba tras los cerros occidentales.
La vida urbana se encogía de golpe; el espacio público se volvía hostil y las calles del centro se transformaban en desiertos de cantera donde las únicas luces eran los débiles resplandores de las velas de sebo que parpadeaban detrás de las ventanas de las salas de respeto.
Salir a la calle de noche requería una justificación médica o eclesiástica y, de preferencia, ir acompañado por un sirviente que cargara un farol de mano para evitar los baches y las acequias abiertas. La oscuridad fomentaba el aislamiento doméstico: las familias se congregaban alrededor del brasero o del quinqué de petróleo, reduciendo la conversación al murmullo y los rezos obligatorios.
La falta de iluminación artificial moldeó un carácter local hermético y desconfiado de las novedades nocturnas. San Luis era una ciudad que se apagaba con el sol, una provincia que entendía que la noche no era un espacio para el ocio ni para la diversión, sino un territorio misterioso que pertenecía a las sombras y donde la única luz verdadera era la que cada zaguán lograba mantener encendida con un poco de manteca y mucha paciencia.


