Antes del transporte masivo, el potosino solo convivía con sus iguales: el rico en su carruaje y el pobre en su banqueta. El tranvía rompió ese aislamiento forzando una convivencia incómoda pero necesaria.
Compartir el espacio con alguien cuyo apellido no figuraba en el santoral del barrio o cuya ropa olía al humo del taller fue un Choque cultural silencioso para la élite del centro histórico. La calle se volvió de pronto un lugar demasiado estrecho.
Para sobrevivir a esta cercanía, la sociedad potosina refinó el arte del desdén educado. Se viajaba juntos pero ausentes. Se miraba fijamente hacia la ventanilla para ignorar al pasajero de al lado y se utilizaba el sombrero como una barrera física contra la familiaridad.
Esta convivencia forzada fue la verdadera escuela de la urbanidad moderna en San Luis: aprendimos a tolerar la presencia del otro sin concederle la confianza de la palabra. El tranvía nos hizo cosmopolitas a la fuerza, recordándonos que en una ciudad en crecimiento, el espacio público es un territorio compartido donde la primera regla de etiqueta es saber fingir que el de junto simplemente no existe.


