La introducción del tranvía eléctrico en San Luis Potosí fue aplaudida como el triunfo definitivo de la modernidad urbana, pero la ciudad se encargó rápidamente de imponerle sus viejos modales virreinales.
El vagón no era un espacio democrático; estaba rígidamente dividido en secciones que reflejaban la estratificación social de la capital. Viajar sentado en primera clase requería no solo pagar un boleto más caro, sino lucir la indumentaria adecuada para no desentonar con los pasajeros del centro; el resto de la población —obreros, lavanderas y peones— se acomodaba en la parte trasera, cargando con el cansancio de la jornada.
Esta movilidad moderna obligó a los potosinos a ensayar un nuevo comportamiento público. De pronto, el zaguán y la intimidad de la casona se cambiaban por un vagón en movimiento donde el roce con el desconocido era inevitable. Se miraba de reojo, se cuidaban las carteras y se guardaban las distancias con una cortesía fría que evitaba cualquier conversación comprometedora.
El tranvía modificó el pulso de las calles, pero no las mentes de sus usuarios. San Luis aprendió a viajar sobre rieles manteniendo intactas sus fronteras invisibles, demostrando que se puede avanzar hacia el siglo XX a velocidad eléctrica sin perder ni un ápice del apego a las jerarquías de siempre.


