En San Luis, el retrato fotográfico fue el primer «perfil de red social» de la historia. No se buscaba la naturalidad, se buscaba la perfección moral y económica. Un retrato exitoso debía comunicar tres cosas: piedad, solvencia y linaje.
Para lograrlo, los potosinos de antaño no dudaban en usar accesorios prestados o en forzar expresiones que les daban un aire de filósofos griegos atrapados en un desierto de piedra. La identidad no era lo que uno era, sino lo que uno quería que los demás creyeran que era.
Esta construcción de la imagen personal influyó en cómo nos vemos hasta la fecha. El potosino aprendió a cuidar la fachada, a poner «cara de retrato» cuando salía a la calle. La identidad se volvió un asunto de representación pública. Si la foto decía que eras un hombre de negocios serio, debías actuar como tal en la plaza de armas.
El retrato funcionaba como un contrato de comportamiento. Con el tiempo, estas imágenes se volvieron los pilares de la genealogía local; hoy los nietos miran esos retratos y confunden la pose del abuelo con su verdadero carácter, sin sospechar que, detrás de esa mirada severa y ese traje almidonado, probablemente había un hombre que solo estaba esperando que el fotógrafo terminara de una vez para irse a tomar un pulque a San Miguelito.


