Caminar por el centro de San Luis nos da una sensación de eternidad; parece que estos muros de cantera han estado aquí siempre y que nada puede moverlos. Pero la historia nos dice lo contrario.
En el siglo XIX y principios del XX, la fragilidad de la ciudad era una realidad tangible. Una inundación repentina de la presa de San José o un incendio en una bodega de ixtle podían borrar décadas de esfuerzo familiar en cuestión de horas. La riqueza acumulada en forma de muebles finos, archivos históricos y mercancías de lujo era sumamente vulnerable. No había seguros ni sistemas de rescate patrimonial. Perder la casa significaba, a menudo, perder el lugar en la sociedad.
Esta fragilidad moldeó la mentalidad de las familias potosinas, fomentando un conservadurismo cauteloso y una desconfianza hacia los cambios bruscos. Sabíamos que la ciudad era un decorado hermoso pero delicado.
La solidez de la piedra era solo una fachada que ocultaba la angustia de saber que, en esta tierra de sequías y vientos, todo lo que consideramos sólido puede convertirse en humo o en lodo antes de que suene la campana del ángelus.


