En San Luis Potosí, las esquinas nunca han sido solo el lugar donde se cruzan dos calles; han sido, históricamente, estaciones de vigilancia ciudadana no remunerada. Antes de que existieran las cámaras de seguridad y las redes sociales, el control social se ejercía desde los ángulos de la cantera.
Detenerse en una esquina a ‘ver pasar gente’ era un oficio de tiempo completo para ciertos caballeros y damas que, bajo el pretexto de tomar el aire, procesaban mentalmente quién entraba a qué casa, con quién salía la hija del vecino y si el traje del señor juez era el mismo de la semana pasada. Era un sistema de inteligencia perfecto: no requería tecnología, solo buena vista y una memoria implacable para el chisme.
Existían esquinas con jerarquía. Había cruces donde se decidía la reputación de una familia entera en lo que duraba un saludo cortés. Si uno era visto en la esquina ‘equivocada’ a la hora ‘inapropiada’, el juicio era sumario y sin derecho a réplica. La ciudad se construyó con esta lógica de exposición: las ventanas se pusieron donde se pudiera ver la calle, y las puertas se diseñaron para que el portazo fuera una declaración de principios. Hoy, aunque usemos aplicaciones para orientarnos, el potosino de cepa sabe que cada esquina sigue siendo un tribunal donde, aunque nadie diga nada, todos están tomando nota de cómo caminas y hacia dónde vas.


