Chivas Bar: un patrimonio familiar teñido de rojiblanco.

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En pleno corazón del Centro Histórico de San Luis Potosí, sobre la tradicional calle de Simón Bolívar, existe un lugar que late al ritmo rojiblanco desde hace casi 40 años: el Chivas Bar. Un punto de reunión obligado para generaciones de aficionados del Guadalajara, donde cada partido se vive como una final y cada gol se grita como si fuera propio.

La historia de amor que comenzó doña Eloísa Flores, con su esposo, el señor Juan Pecina, una pareja que encontró algo en común en el futbol y en Chivas, se transformó en un proyecto de vida. Cuando surgió la oportunidad de abrir un bar, no hubo dudas ni discusiones: el nombre tenía que ser Chivas. No solo por afinidad deportiva, sino por un sentimiento profundo hacia el Rebaño Sagrado, ese que se lleva en la piel y en el corazón.

Con el paso del tiempo, ese sentimiento se volvió herencia. Sus hijos crecieron entre gritos de gol, transmisiones de liga y charlas interminables sobre el Rebaño Sagrado que tenían como escenario el Chivas Bar. En la actualidad la tercera generación de la familia Pecina Flores, no solo vive y siente esos colores por el rebaño sagrado, sino también inicia su lucha para conservar activo el legado del Bar que ha representa el patrimonio familiar, en una nueva etapa marcada por la reapertura del lugar, ahora ubicado a dos cuadras del sitio original

La historia de esta familia ha trascendido incluso hasta Verde Valle. Personal del Club Deportivo Guadalajara ha reconocido a los fundadores del Chivas Bar, acercándose a ellos con detalles, convivencias y encuentros con jugadores, un gesto que confirma que el vínculo con el club va más allá de la distancia.

Hoy, el Chivas Bar renace en una nueva ubicación, pero con el mismo espíritu que lo vio nacer. Entre paredes que guardan recuerdos y mesas que han sido testigo de incontables partidos, la historia de doña Eloísa y su familia sigue escribiéndose jornada a jornada. Porque más allá del resultado en la cancha, este lugar representa unión, memoria y fidelidad, y confirma que hay sentimientos que no conocen de distancias ni de ausencias, y que siguen vivos cada vez que el balón empieza a rodar.

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