Al general Porfirio Díaz le encantaba San Luis Potosí, y cómo no, si aquí la élite lo recibía con banquetes que harían palidecer a un rey europeo.
Cada vez que el General pisaba nuestra tierra, se inauguraba una escuela, un teatro o una vía de tren, siempre bajo el lema de «Orden y Progreso». Los hacendados potosinos, expertos en el arte de la hospitalidad interesada, le organizaban bailes en La Lonja donde se decidían los destinos del estado entre vals y vals.
Díaz veía en San Luis el escaparate perfecto de su mandato: una ciudad de cantera sólida, gente de fe y un progreso que, lamentablemente, solo se sentía en las mesas de mantel largo.


