El 19 de marzo de 1823 marcó el fin de un sueño breve y costoso para México: la abdicación de Agustín de Iturbide como Emperador. En San Luis Potosí, la noticia fue recibida con una mezcla de alivio y confusión, ya que el estado había sido un bastión importante para el Ejército Trigarante.
La salida de Iturbide dejó un vacío de poder que obligó a las élites potosinas a definir su postura frente al nuevo modelo republicano que empezaba a gestarse.
Fue un momento de definiciones políticas en los portales del centro, donde se discutía si el destino del estado debía ser el federalismo absoluto o una unión centralizada.
Este evento histórico es fundamental para entender nuestra soberanía estatal. Tras la caída del Imperio, San Luis aceleró sus procesos para convertirse en un Estado Libre y Soberano, instalando su propio congreso constituyente poco tiempo después.
El marzo de 1823 fue la resaca de una aventura monárquica que nos enseñó que en México el poder no se hereda, se negocia.
Para los potosinos de aquel entonces, la abdicación fue el cierre de un capítulo colonial disfrazado de imperio, abriendo la puerta a una era de luchas intestinas pero también de una identidad republicana que hoy defendemos con el orgullo de nuestra Constitución.


