Es difícil para el ciudadano de la era digital imaginar cómo era la existencia en San Luis Potosí cuando la inmensa mayoría de la población carecía de un reloj individual en el bolsillo y la vida transcurría bajo la tiranía benigna del tiempo solar.
Sin la urgencia del minuto exacto, las citas se acordaban con una amplitud poética que hoy desesperaría al más paciente: «Nos vemos en los portales al caer la tarde» o «Pase por la casa después de la oración».
La falta de precisión matemática se suplía con una enorme dosis de paciencia provinciana. Si el conocido no llegaba a la hora supuesta, se le esperaba en la banca del jardín conversando con el vecino o simplemente mirando el movimiento de las palomas alrededor del quiosco.
No había prisa porque el tiempo no se consideraba una mercancía escasa, sino un flujo continuo que acompañaba el crecimiento de las cosechas y el paso de las diligencias por el desierto. Vivir antes del reloj individual nos hizo una sociedad analítica y pausada, propensa a la tertulia larga y desconfiada de los ritmos atropellados que luego traería el ferrocarril, confirmando que en este rincón del Altiplano, la prisa siempre ha sido vista como una falta de modales que arruina el placer de la conversación.


