La estancia de Antonio López de Santa Anna en San Luis Potosí durante la guerra contra Estados Unidos fue un despliegue de su peculiar estilo de mando. Estableció su cuartel general aquí en marzo de 1847, preparando la expedición que terminaría en el desastre de Cerro Gordo. San Luis se convirtió en una ciudad militarizada; los conventos eran caballerizas y las plazas eran campos de entrenamiento. Santa Anna vivía con una pompa que contrastaba con las carencias de sus soldados. Los potosinos, en un arranque de patriotismo que hoy nos conmovería, donaron joyas, caballos y ahorros para una causa que parecía perdida de antemano.
En esos días era común ver al «Quince Uñas» pasear por la ciudad como si fuera un emperador, mientras el ejército estadounidense ya estaba pisando territorio nacional con una superioridad aplastante. San Luis demostró su lealtad a la nación —y quizás su ingenuidad ante el caudillo— al ser el principal sostén del ejército nacional. Esa hospitalidad potosina fue recompensada con derrotas y la pérdida de medio territorio, pero nos dejó el orgullo de haber sido el último gran baluarte de la defensa mexicana. Recordar a Santa Anna en San Luis es aprender a distinguir entre el patriotismo real de un pueblo que da todo y la ambición de un líder que solo busca su propia gloria sobre la cantera ajena.


