En la historia urbana de San Luis, la piqueta ha sido el instrumento preferido de los gobiernos que necesitan demostrar que están trabajando. Existe una vieja manía potosina que confunde el progreso con el acto de tirar cosas viejas.
Cada vez que un alcalde o un gobernador quería dejar su marca en la ciudad, se ponía a rediseñar plazas, cambiar pavimentos y derribar portales, convencido de que la modernidad es un asunto de renovación estética y no de eficiencia administrativa.
Este «progreso visual» convirtió al centro de la ciudad en un escenario mutable. Se sacrificaba la solidez de la piedra antigua por la novedad de materiales que envejecían mal en un par de años.
Tirar edificios era la forma más rápida de simular que San Luis estaba entrando al primer mundo, una puesta en escena que ocultaba la falta de soluciones reales para problemas estructurales como el drenaje o el abasto de agua. Aprendimos a convivir con el ruido del martillo y el polvo de los escombros, aceptando que en esta ciudad, la fisonomía de las calles dura lo que tarda en llegar la siguiente administración con ganas de inventar su propia versión de la modernidad.


