Es difícil para la mente moderna imaginar la angustia cotidiana de vivir en una ciudad donde una simple herida con un clavo oxidado en el taller o una raspadura en el empedrado de la calle podían convertirse en una sentencia de muerte por infección en menos de una semana.
En el San Luis del siglo XIX, la vida transcurría sin el auxilio de los antibióticos, convirtiendo a la medicina en una ciencia de la espera y de la amputación oportuna.
Los médicos y boticarios hacían lo que podían con cataplasmas de linaza, lavados de agua fénica y el uso de la temida cauterización a fuego. Cada corte en la piel era vigilado con un santo terror por las madres de familia.
La farmacia antigua era un arsenal de paliativos: se calmaba el dolor con opio y se bajaba la fiebre con hielo traído de las granizadas, pero el destino de la infección quedaba en manos de la resistencia natural del cuerpo del paciente. Esta vulnerabilidad permanente forjó ese carácter potosino cauteloso y poco dado a los excesos físicos, una sociedad que sabía que detrás de la pulcritud de sus modales y la solidez de sus fachadas de piedra rosa, la vida era un hilo delgado que cualquier bacteria invisible podía romper antes del próximo sábado.


