En los santuarios y templos potosinos, los muros solían cubrirse de exvotos y «milagritos» de latón que daban testimonio de los favores recibidos, revelando que en el San Luis de antes, la respuesta del cielo requería la misma paciencia que el correo de diligencia.
Una manda a San Antonio o a la Virgen de la Expectación no se cumplía de la noche a la mañana; involucraba mandas que exigían caminar de rodillas por la Calzada de Guadalupe o encender veladoras durante cuarenta martes seguidos en el patio de la vecindad.
La promesa religiosa era un ejercicio de resistencia física y mental. El creyente aceptaba el retraso del milagro como una prueba moral de su propia constancia, asumiendo que si la salud del enfermo tardaba en llegar o el negocio no prosperaba de inmediato, era debido a sus propias faltas y no a la tacañería del santoral.
San Luis forjó su carácter pausado y escéptico en esos altares domésticos: aprendimos a esperar la intervención divina con la misma resignación estoica con la que se aguardaba el fin de la sequía de junio, entendiendo que las cosas importantes maduran despacio bajo el sol del desierto y que la fe, para ser verdadera en el Altiplano, debe saber aguantar el silencio de Dios sin perder las buenas maneras.


