En el código de las buenas costumbres de la provincia potosina, la obediencia de los hijos hacia las órdenes del padre no era un asunto de disciplina doméstica privada; era la primera ley civil que el ciudadano debía demostrar ante el tribunal de la plaza pública.
Un hijo díscolo, que discutía los mandatos paternos en los portales o que mostraba modales rebeldes en el paseo dominical, arruinaba de inmediato el prestigio de decencia que toda la familia se esmeraba en exhibir detrás del zaguán.
El desacato a la autoridad paterna era considerado por los bandos de policía y por los sermones de la Iglesia como el paso previo a la criminalidad o a la insurrección política contra el gobierno del estado. Los padres contaban con el respaldo absoluto de las leyes para imponer su disciplina, incluyendo el derecho de reclutar a los hijos rebeldes en los batallones de la guardia nacional o encerrarlos en las celdas de la comandancia municipal para que recapacitaran sobre sus deberes familiares.
San Luis construyó su paz social sobre ese engranaje de la sumisión filial: se aprendía a callar y obedecer en la sala de la casa ante la mirada del patriarca para luego ser un súbdito previsible, limpio y respetuoso de las leyes que los ingenieros del Porfiriato redactaban desde los escritorios de Palacio.


