Cuando Benito Juárez estableció su gobierno en San Luis Potosí en febrero de 1863, el Palacio de Gobierno se transformó en el corazón palpitante de una nación asediada por el Imperio Francés. No era una visita de cortesía; era una mudanza desesperada con todo y archivos nacionales. Juárez despachaba desde las oficinas de cantera mientras los potosinos miraban con asombro la logística de una presidencia itinerante. La ciudad se llenó de ministros, generales y diplomáticos extranjeros que tenían que lidiar con el frío seco del Altiplano y con la proverbial seriedad de sus habitantes.
Lo raro de esta «capitalía» fue que, mientras Juárez intentaba salvar la República desde un escritorio potosino, los franceses ya estaban planeando su entrada a la ciudad. San Luis fue la capital de un país que existía más en los ideales que en el territorio. Sin embargo, esa estancia forjó un vínculo eterno entre el Benemérito y nuestra ciudad. Se dice que Juárez apreciaba la sobriedad potosina porque se parecía a la suya. Hoy, caminar por los pasillos del palacio es imaginar el eco de sus pasos, recordándonos que en los momentos más oscuros de México, San Luis Potosí fue el faro que mantuvo encendida la luz de la legalidad, aunque fuera a la luz de una vela de sebo.


