En San Luis Potosí, las obras públicas tienen una vida propia que desafía cualquier cronograma. Uno ve una cuadrilla de trabajadores con entusiasmo un lunes, y para el jueves el lugar parece un yacimiento arqueológico abandonado. No es que se detengan, es que entran en una dimensión temporal distinta donde el concepto de ‘finalización’ es puramente teórico.
Esta lógica de construcción continua nos ha convertido en una sociedad de espectadores pacientes. Miramos las vallas, los montones de escombros y los desvíos de tránsito con una resignación que raya en la santidad. Hemos aprendido que una obra terminada es una anomalía estadística. Lo normal es el ajuste, la ampliación de último minuto o el descubrimiento de un cable que nadie sabía que estaba ahí.
Vivir en una ciudad permanentemente inacabada tiene su encanto: nos permite corregir los errores sobre la marcha y nos da un tema de conversación inagotable. Nunca estamos completamente listos, pero tampoco estamos detenidos. Somos una versión preliminar que se actualiza a diario, una ciudad que prefiere el dinamismo del ‘estamos trabajando’ a la estática perfección de lo concluido. En San Luis, la inauguración es un evento social, pero la obra es el verdadero estado natural de las cosas.


