Cuando nació Nemesio Oseguera Cervantes el 17 de julio de 1966, México estaba bajo el gobierno de Gustavo Díaz Ordaz. Dos años después vendría 1968 y la herida de Tlatelolco. El país ya sabía de silencios impuestos, pero todavía no de cárteles convertidos en corporaciones multinacionales del crimen.
En Aguililla, Michoacán, la vida era de campo y migración. En los años 80, mientras México enfrentaba la crisis de la deuda externa bajo Miguel de la Madrid, miles de jóvenes cruzaban al norte buscando dólares. Entre ellos, el futuro Mencho.
En Estados Unidos fue detenido por tráfico de heroína en los 90 y deportado. México estaba entonces bajo Carlos Salinas de Gortari, época del TLCAN, privatizaciones y modernidad aparente. Pero mientras se firmaban tratados, los grupos criminales también aprendían a globalizarse.
La transición política… y la mutación criminal
Con Ernesto Zedillo, finales de los 90, comenzó la fragmentación de grandes estructuras criminales. Luego llegó el 2000 y la alternancia histórica con Vicente Fox. Se hablaba de cambio democrático, pero el crimen organizado encontró nuevas ventanas de oportunidad en gobiernos locales débiles.
El Mencho pasó por el Cártel del Milenio y, tras su fractura, fundó el Cártel Jalisco Nueva Generación alrededor de 2010.
En 2006, con Felipe Calderón, inició formalmente la “guerra contra el narcotráfico”. Más de 50 mil elementos federales fueron desplegados en los primeros años. Entre 2007 y 2012, México registró más de 120 mil homicidios dolosos acumulados. El país se militarizó y el CJNG encontró en el caos una oportunidad de expansión.
Como diría la abuela: “a río revuelto…”.
2010–2015: el ascenso del monstruo
Durante el sexenio de Enrique Peña Nieto, mientras el discurso oficial intentaba “mover a México”, el CJNG movía toneladas.
Para 2015, el CJNG ya tenía presencia en al menos 22 estados.
La DEA ofrecía hasta 15 millones de dólares por información que llevara a la captura de El Mencho.
En 2015, el intento fallido de captura provocó 39 narcobloqueos en Jalisco, Guanajuato y Michoacán.
Ese mismo año fue derribado un helicóptero militar Cougar en Jalisco, dejando ocho militares muertos.
Fue el momento en que México entendió que este grupo no era una célula más. Era una estructura paramilitar con capacidad de fuego superior a muchas policías municipales.
En esos años, el país registraba más de 20 mil homicidios dolosos anuales. Para 2017 la cifra superó los 31 mil en un solo año, la más alta hasta ese momento.
Si esto fuera Netflix, diríamos que ahí arrancó la temporada más oscura.
El sexenio de la contención discursiva
Con Andrés Manuel López Obrador, la narrativa cambió a “abrazos, no balazos”, pero las cifras siguieron siendo brutales:
2019 cerró con más de 34 mil homicidios.
2020 y 2021 superaron también las 34 mil víctimas anuales.
El CJNG amplió operaciones a más de 40 países, incluyendo Estados Unidos, Europa y Asia.
Se convirtió en uno de los principales productores y exportadores de metanfetamina y fentanilo hacia Norteamérica.
Mientras tanto, el hijo del Mencho, Rubén Oseguera “El Menchito”, fue extraditado y posteriormente sentenciado a cadena perpetua en Estados Unidos.
La estructura se golpeaba por arriba, pero abajo seguía funcionando.
2026: la caída y la reacción
El operativo final en Tapalpa marcó un punto de inflexión. Un enclave turístico convertido en teatro de operaciones. El país despertó con reportes de enfrentamientos y horas después la confirmación: El Mencho había sido abatido.
Pero como en toda historia criminal, la caída tuvo eco inmediato:
Bloqueos en Jalisco, Guanajuato, Michoacán y Colima.
Vehículos incendiados.
Comercios cerrados antes del anochecer.
Carreteras paralizadas.
Transporte público suspendido en varias zonas.
El daño colateral no salió en conferencias: trabajadores varados, estudiantes sin clases, familias encerradas por miedo. El costo invisible.
Porque cuando cae el rey, los peones se desordenan.
Los caídos: más allá del uniforme
Hoy, en la ceremonia encabezada por la Secretaría de la Defensa Nacional, el discurso tuvo un momento que no estaba escrito en tinta, sino en memoria.
La voz del mando se quebró al mencionar a los elementos caídos en estos años de enfrentamientos contra el CJNG y otras organizaciones. No fue protocolo. Fue duelo.
Desde 2006, miles de elementos de fuerzas armadas y corporaciones policiales han muerto en actos relacionados con el combate al crimen organizado. Cada uno dejó una silla vacía en su casa.
En Michoacán hay viudas jóvenes.
En Jalisco hay hijos que crecieron viendo fotografías enmarcadas.
En Guanajuato hay padres que todavía esperan justicia.
Y del otro lado, también hubo civiles atrapados en medio: agricultores desplazados, comerciantes extorsionados, jóvenes reclutados a la fuerza.
Las cifras oficiales hablan de más de 400 mil homicidios acumulados en México desde 2006 a la fecha. Números fríos. Pero detrás de cada número hubo alguien que decía “ahorita regreso”.
Epílogo sin música triunfal
La muerte de El Mencho no borra la violencia estructural, ni desmantela por arte de magia una red financiera que movía miles de millones de dólares al año. Pero simbólicamente cierra un capítulo que duró más de tres sexenios y atravesó gobiernos de todos los colores.
Desde Díaz Ordaz hasta la actualidad, México cambió de partido, de modelo económico, de discurso… pero el crimen organizado supo adaptarse mejor que la política.
Y aquí estamos.
Con menos mitos criminales y más cicatrices.
Con discursos que se quiebran porque la guerra deja huella incluso en quien la dirige.
Con un país que, como dice el dicho, “ya estuvo suave”.
Ojalá esta vez el final no sea solo el de un hombre, sino el inicio de una estrategia más profunda que ataque dinero, corrupción y reclutamiento.
Porque México no necesita otro villano de temporada.
Necesita dejar de contar muertos.


