Un día como hoy de 1953, San Luis Potosí perdió a su cronista mayor, Primo Feliciano Velázquez. Su muerte no fue solo el fin de un académico, sino el cierre de una época donde la historia se escribía con una paciencia que hoy nos parece de otro planeta. Primo Feliciano no se conformó con los chismes de pasillo; se metió hasta las entrañas de los conventos y los archivos gubernamentales para rescatar documentos que hoy serían cenizas. Su «Historia de San Luis Potosí» es el cimiento de todo lo que creemos saber sobre nosotros mismos.
Lo trágico —o lo cómico, según se vea— es que mientras él rescataba nuestra grandeza, la ciudad se modernizaba derribando casonas coloniales para abrir paso al asfalto. Primo Feliciano es el recordatorio de que el potosino suele apreciar más su historia en los libros que en las fachadas. Hoy, su biblioteca y sus archivos son el tesoro que nos permite decir que tenemos raíces, aunque a veces las descuidemos. Rendirle tributo es entender que la verdadera identidad potosina no está en los discursos políticos de hoy, sino en esa caligrafía antigua que él supo descifrar con la misma flema con la que nosotros aguantamos el tráfico de la avenida Salvador Nava.


