Enterarse de la verdadera situación política del país en el San Luis Potosí de hace un siglo requería de una astucia de contrabandista y una red de complicidades informales que burlara la vigilancia del jefe político local.
Mientras los diarios subvencionados por el gobierno del estado llenaban sus páginas con crónicas de inauguraciones y elogios a la paz pública, los periódicos de oposición llegaban a la capital potosina metidos en los vagones de carga del ferrocarril o escondidos entre las mercancías de los arrieros.
El café de la Parroquia o las trastiendas de las boticas céntricas eran las aduanas donde se distribuían estos materiales prohibidos. Un solo ejemplar de El Demócrata o de las hojas sueltas de los clubes liberales circulaba de mano en mano por todo el centro histórico hasta quedar deshecho por el uso.
Leer el periódico era un acto clandestino que se hacía a la luz del quinqué y con la puerta del zaguán trancada. San Luis aprendió a informarse entre líneas, descifrando el silencio de las notas oficiales y buscando la verdad en los papeles prohibidos que demostraban que la provincia no estaba tan conforme con la dictadura como los discursos del gobernador pretendían hacer creer.


