Mudar el hogar en el San Luis Potosí de antaño era un ejercicio de resistencia física y un espectáculo público que alteraba la paz del barrio durante toda una jornada. Sin camiones especializados ni cajas ligeras, el traslado de los bártulos domésticos dependía del alquiler de los carretones de mulas que habitualmente transportaban granos o materiales de construcción en los mercados, obligando a las familias a exhibir sus pertenencias ante la mirada fiscalizadora de la cuadra.
El traslado requería una estiba experta. Los carpinteros y cargadores del rumbo eran contratados para desmontar las pesadas puertas de los armarios, proteger los espejos de sala con mantas viejas y acomodar los colchones de lana para amortiguar los golpes del empedrado.
Ver pasar el carretón de la mudanza por la calle Madero era como leer el inventario financiero de la familia en voz alta: los vecinos tomaban nota de la calidad de las sillas, el desgaste de las cazuelas y el número de baúles que componían el patrimonio del recién llegado. Cambiar de domicilio era un trámite ruidoso que no permitía los secretos, confirmando que en esta capital del Altiplano, la mudanza era el acto final de una crisis económica o el inicio de un ascenso social que todo el barrio tenía el derecho de juzgar desde la banqueta.


