San Luis Potosí tiene la peculiaridad de haber sido fundada por gente que buscaba oro y plata en un lugar donde lo que realmente faltaba era agua. Con el tiempo, la ciudad creció sobre un sistema de acequias y manantiales que hoy nadie ve, pero que todos sospechamos. Antes, el agua era parte del paisaje; uno sabía dónde nacía y quién se la bebía. Era un asunto público, ruidoso y, a veces, motivo de pleitos legales muy entretenidos.
Sin embargo, llegó la modernidad y decidimos que la visibilidad era un estorbo. Cubrimos los cauces con pavimento, desviamos los arroyos hacia el olvido y pusimos calles encima de los antiguos trayectos del líquido. El resultado es una ciudad que camina sobre su propia historia hidráulica sin darse cuenta. Lo que antes era un paisaje de frescura, hoy es un trazo de asfalto ordinario.
El problema es que el agua, a diferencia de los potosinos, tiene memoria. Cuando deja de verse, deja de entenderse; y cuando deja de entenderse, se convierte en un ‘problema técnico’. Hoy hablamos de escasez y de tuberías rotas como si fueran inventos recientes, cuando en realidad son el reclamo de una geografía que decidimos ignorar. Hemos pasado de convivir con el agua a tratarla como un recurso que llega por milagro o se va por castigo. En San Luis, el agua no desapareció; simplemente se cansó de que no la viéramos y ahora prefiere manifestarse solo cuando hay una crisis que reportar.


