La construcción del sistema hidráulico que traía agua desde la Cañada hasta la Caja del Agua fue la hazaña de ingeniería civil más importante del San Luis decimonónico. Se trataba de un acueducto que recorría kilómetros aprovechando la pendiente natural del terreno. Fue un proyecto que tardó años en concretarse y que agotó varios presupuestos, demostrando que en San Luis el agua siempre ha sido un asunto de estado. La Caja del Agua, inaugurada en 1835, fue el remate estético de una obra utilitaria, diseñada por Juan N. Sanabria para ser el corazón de la distribución urbana.
Los aguadores eran personajes que cargaban cántaros enormes para llevar el agua de la «Caja» hasta las cocinas de las casas. Era una cadena humana de esfuerzo para combatir la aridez del Altiplano. Hoy, la Caja del Agua es un monumento decorativo, un ícono para las fotos de los turistas que ignoran que esa estructura salvó a la ciudad de morir de sed. Es el recordatorio de que nuestra elegancia potosina tiene raíces en la necesidad más básica. Valorar la Caja del Agua es valorar la inteligencia de nuestros antepasados que supieron domar el desierto con arquitectura neoclásica, convirtiendo una toma de agua en la firma eterna de nuestra ciudad.


