Cada 19 de agosto se celebra el Día Mundial de la Fotografía, una fecha que nos recuerda que fotografiar no es solamente apretar un botón: es aprender a mirar. La conmemoración está ligada al daguerrotipo, presentado públicamente en Francia en 1839, un proceso que abrió la puerta a una nueva manera de conservar rostros, lugares y momentos que, hasta entonces, solo podían permanecer en la memoria. Desde entonces, la humanidad comenzó a guardar pedazos de tiempo en una imagen.
Las primeras fotografías eran casi un acto de paciencia y asombro. Los fotógrafos trabajaban con cámaras grandes, placas tratadas químicamente y exposiciones que podían durar varios minutos. Para obtener un retrato, las personas tenían que permanecer inmóviles frente al objetivo durante largos periodos. Hoy puede parecer extraño, pero detrás de cada imagen existía un anhelo profundamente humano: vencer al tiempo, conservar un rostro, un lugar o una escena para que no desapareciera completamente con los años.
Con el paso de las décadas llegaron las placas de vidrio, la película fotográfica y los rollos, haciendo que la fotografía dejara de ser un privilegio de especialistas y entrara en los hogares. Sin embargo, existía una pequeña dosis de incertidumbre: después de tomar una fotografía había que esperar al revelado para saber si el momento había quedado registrado. Para quienes hacemos de la fotografía una forma de expresión, quizá ahí exista una de sus mayores enseñanzas: aprender a observar antes de disparar, esperar el instante preciso y confiar en nuestra propia mirada.
Hoy, el contraste parece sacado de una película de ciencia ficción. Las cámaras digitales y los teléfonos celulares permiten capturar cientos de imágenes en cuestión de minutos, revisarlas al instante y compartirlas con personas que están a miles de kilómetros. Pero, aunque ahora podemos hacer miles de fotografías, la mirada sigue siendo lo más importante. La tecnología nos da herramientas; el fotógrafo decide qué merece ser visto, desde qué ángulo, con qué luz y en qué momento.
Porque la fotografía es, en esencia, otra forma de mirar el mundo. Quienes hacemos este arte buscamos encontrar aquello que muchas veces pasa desapercibido: un gesto, una lágrima, una sonrisa, una mirada, la luz sobre una calle, la fuerza de una persona o el silencio después de un acontecimiento. Una fotografía puede contar una historia sin pronunciar una sola palabra; puede mostrar una emoción que quizá dure apenas un segundo y convertirla en algo que permanecerá durante años. En el periodismo, además, esa mirada adquiere una responsabilidad: ser testigo de los hechos y permitir que otros puedan ver lo que nosotros vimos.
Más de 180 años después, la fotografía continúa cambiando, pero su esencia permanece intacta. Del daguerrotipo a las cámaras profesionales; de los rollos a los teléfonos inteligentes; de las fotografías guardadas en álbumes a las imágenes que recorren el mundo en segundos, cambió la herramienta, pero no el anhelo. Seguimos buscando ese instante que nos conmueve, esa historia que merece ser contada, esa emoción que no queremos dejar escapar. Porque fotografiar es mirar distinto, es encontrar belleza, verdad o memoria donde otros quizá solo ven un instante; es nuestra manera de decirle al mundo: “esto ocurrió, esto sentí, esto vi y quiero que también lo recuerdes”.


