En la ecología informativa del San Luis tradicional, el periódico oficial tenía un competidor imbatible que no necesitaba prensas, tinta ni licencias de gobierno para expandirse por la ciudad: el rumor de banqueta.
En una sociedad pequeña donde todos conocían los antecedentes familiares del vecino, la noticia oral que nacía en el mercado o en el pasillo del juzgado corría con una velocidad asombrosa que el diario de la mañana nunca podía alcanzar.
El rumor funcionaba como la prensa libre de las clases populares. Si un funcionario malversaba los fondos de las mejoras materiales o si un hacendado cometía un abuso en las orillas, la noticia se propagaba de zaguán en zaguán disfrazada de confidencia. El potosino desarrolló un oído finísimo para clasificar la veracidad del chisme según la esquina de donde provenía.
El gobierno intentaba contener estas olas de desinformación mediante bandos que castigaban la difamación pública, pero el rumor seguía fluyendo por las acequias de los barrios, demostrando que en San Luis la censura oficial es inútil frente a una población que prefiere creerle a la vecina del mandado antes que al boletín impreso por el Palacio de Gobierno.


